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CORAZÓNAUTOR: EDMONDO DE AMICIS








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NUESTRO MAESTRO
Martes 18

También mi nuevo maestro me gusta, después de lo de esta mañana. Mientras estábamos, estando él ya sentado en su sitio, de vez en cuando se asomaba a la puerta del aula alguno de sus alumnos del año pasado, para saludarlo; se asomaban, al pasar, y le decían: "Buenos días, señor maestro. Buenos días señor Perboni". Algunos entraban, le tocaban la mano y salían corriendo. Se notaba que le tenían cariño y que hubieran querido volver a estar con él. Les contestaba: "Buenos días", y estrechaba la mano que le tendían; pero no miraba a ninguno; ante cada saludo se mantenía serio, con su arruga recta en la frente, vuelto hacia la ventana, y miraba al tejado de la casa de enfrente; y esos saludos, en vez de alegrarlo, parecían hacerlo sufrir. Luego nos miraba con atención, uno tras otro.


Mientras dictaba se puso a pasear entre los bancos, y al ver que un chico tenía la cara toda colorada y llena de ronchas dejó de dictar, le cogió el rostro entre las manos y lo miró: después le preguntó qué tenía y le pasó una mano por la frente para ver si tenía fiebre.


Mientras tanto, a sus espaldas, un chico se puso de pie sobre el banco mientras gesticulaba como un títere. Él se volvió repentinamente: el chico se sentó de golpe y se quedó inmóvil, con la cabeza gacha, esperando el castigo. El maestro le apoyó una mano sobre la cabeza y le dijo: "No vuelvas a hacerlo" Nada más.Volvió a su escritorio y concluyó el dictado.


Concluido el dictado, nos miró un minuto en silencio: luego, lentamente, con su voz grave pero bondadosa dijo: "Escuchadme. Hemos de pasar un año juntos. Hagamos lo posible por pasarlo bien. Estudiad y sed buenos. Yo no tengo familia. Mi familia sois vosotros. Hasta el año pasado tenía a mi madre: se ha muerto. Me he quedado solo. En el mundo sólo os tengo a vosotros; ya no tengo otro cariño, ni otra preocupación. Vosotros tenéis que ser mis hijos. Yo os quiero, y es preciso que vosotros me queráis. No quiero tener que castigar a nadie. Demostradme que sois chicos de buen corazón; nuestra clase será una familia y vosotros seréis mi consuelo y mi orgullo. No os pido una promesa de palabra; estoy seguro de que en vuestro corazón ya me habéis dicho que sí. Y os lo agradezco" En este momento entró el bedel para anunciar el finis, la conclusión de la clase. Salimos todos de tras de los bancos muy callados. El chico que se había puesto de pie en el banco se acercó al maestro y le dijo con voz temblorosa: "Señor maestro, perdóneme" El maestro lo besó en la frente y le dijo: "Ve, hijo mío"